No cambia de fortuna quién cambia de lugar pero no de costumbre.
Desde el paseo marítimo a la altura de la Avenida Juan Carlos I se observan bien las montañas de Sierra Bermeja. Si luce el sol, se comprende la razón de su nombre aunque en todo el invierno las nubes han tamizado sus colores. Al amanecer las montañas reflejan, como un cuenco cóncavo partido, la correa de luz que aparece por el mar. De pronto, una nube minúscula acude sobre la cuerda, asomándose hacía el valle que protege Estepona. Y el día se ha ido a tomar por culo, a la hora de comer tendré que recoger ropa mojada de la azotea de mi casa.
El horizonte del mar no me parece muy lejano, me dice mi hermano que esa impresión depende de la latitud y del punto cardinal hacia el que mires. No sé, no sé, pero suena convincente el cabrón.
Si giras hacia el suroeste, están las Columnas de Hércules, non plus ultra, bla bla… Eso fue hace tiempo, si es que fue alguna vez, aunque una cosa es cierta, no tengo la sensación de estar en medio de ningún lugar.
Hoy he leído la explicación a mi situación: “la gente hace penitencia de mil maneras extraordinarias (…) Ante mi vista, que la experiencia ha agudizado, se delata claramente la miseria de vuestras vidas serviles, siempre en las últimas, tratando de entrar en negocios y salir de deudas, lodazal antiguo que ya los latinos llamaban aes alienum o cobre de otro porque algunas de sus monedas eran de ese metal; y sin embargo seguís viviendo y muriendo, para ser enterrados por el cobre ajeno; siempre prometiendo pagar, pagar mañana y acabando hoy insolventes; tratando de ganar favores, de sumar clientes por industria o maña que no conlleve pena por cárcel, mintiendo, adulando, prometiendo, encerrándolos en una envoltura de cortesía o… (…) Sin embargo, los espíritus alertas y sanos recuerdan que el sol acude cada día a su cita y que nunca es demasiado tarde para librarse de los prejuicios”
El lago Walden donde Thoreau escribió estas líneas
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